miércoles, 11 de marzo de 2015

Espejismos

La vida: una misión, un camino, un viaje, un destino. La ardiente intentona del hombre por comprenderla. Humanos tercos queremos aprehender la existencia humana en palabras, encasillarla en medidas, resumirla en tratados y comprimirla en clasificaciones imposibles. ¿Qué es la vida? Se han preguntado noche a noche los filósofos desde que emergió de nuestro cerebro la capacidad de razonar. Los días pasaron y las respuestas se mezclaban con el sinsabor del intento vacío. La vida, mi querido amigo, es un sinsentido. No le des más vueltas. Schopenhauer la citaba como un constante sufrir en una tierra de dolor. Algunos lo creerán un pesimista y quizá lo sea. Su error fue querer comprender aquello que no reviste mayor análisis. Vivir no tiene un propósito a menos que se lo inventes. Algunos perseguirán ideales, otros asumirán designios místicos y religiosos para su obrar. Habrá los que divaguen entre una y otra ideología así como aquellos que no sepan precisar ni opinar. Todos yerran. Decídete, elije e ingéniate un propósito. Te servirá. Gandhi ha muerto. Lennon también. Tú vas por el mismo inevitable camino y todo seguirá igual. El cosmos sigue su camino y nada cambia. Nada merece quitarte el sueño por una respuesta final. Cínicos y relativistas caminaron por la senda del acierto. Evita el juicio. Suspende la crítica revelada. La vida no te dará respuestas. Se nos esconde. Los dogmáticos me señalarán como un alma oscura que disimula en su depresión un escepticismo vago. Los tolero. Ellos no a mí. Su mundo los contradice. Están condenados a perder en su obstinación. El pasado no te condena. Nos han hecho creer que existe y que nos determinará por siempre. En África, existen culturas que no conciben el concepto ni las conjugaciones verbales pretéritas y su agobio por hallar un sentido a todo es mucho menor. El futuro es otro juego del tiempo y la invención humana que no es más que las consecuencias de nuestro accionar. Entonces, ¿qué nos queda? El instante. El presente. El momento. El actuar. La inmediatez del vivir. La reflexión nos ilusiona y nos hace creer que comprendemos. Que hayamos el camino. Un espejismo. Nada más. Que no te sorprenda la vida enredado en solucionar misterios absurdos. Caímos en este mundo como una tortuga panza arriba que ve pasar la vida sin respuestas. Miramos el cielo buscando en el infinito y creyendo hallar en él la consigna del vivir. Un consejo de amigos: vive, no pienses. Siente, no detengas el ánimo. El sentido que intentas hallar no se esconde en el cielo. Simplemente no existe. Hazme caso.

PANAMERICANA SUR – EN ALGÚN LUGAR ENTRE CHINCHA Y LIMA – 4:55 AM.

“Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad” Vladimir Nabokov El bus avanza por la carretera. Mi obstinado mirar se sumerge en la profundidad del horizonte donde nada se puede ver. Imagino paisajes infinitos. Cobran vida. En ellos creo adivinar historias del pasado. No puede haber sido todo siempre silencio en aquel paraje baldío. Exijo más. Retuerzo mi conciencia intentando descifrar a aquella piedra en el camino abandonada por el universo. Se encienden mis entrañas al mirar kilómetros y kilómetros de arena y desierto y no ver nada. Un absurdo placer me complace al exigir mi demencia al máximo. Se liberan mis demonios al inventarme fábulas imposibles. Se inquieta mi cordura hasta volverse furia. Necesito respuestas para este sinsentido. El fuego se torna en lava. El bus sigue avanzando en la noche. Todos viajan sumergidos en profundos trances oníricos. Nadie me acompaña. Estoy al borde del colapso. Agoniza mi alma. Por fin creo ver algo. Grito en silencio. La noche me toca la ventana pero tengo miedo voltear. El silencio se convierte en un rostro. Es el reflejo del pánico. Lo analizo. Tras él, veo pasar al infinito. No hay respuestas. La existencia humana sobrecogida, desnuda. La inmensidad le roba la paz al viajero. En la oscuridad de la noche, se agiganta el temor y todo se vuelve abismo. Todo lo avanzado en mi camino hacia la cordura se derrumba. A mi lado, un hombre duerme. Su paz me desconcierta. No comprende que allá afuera hay incendios y tormentas que nos esperan para estremecernos. El tipo comienza a roncar. Su naturaleza torpe y precisa me rescata del abismo final. Por fin. Y cada viaje, cada semana, lo mismo. Si no has mirado por la ventana de noche nunca sabrás de qué hablo.

lunes, 14 de abril de 2014

LA CASA RECOMIENDA…El libro de la semana:

“Cartero” de Charles Bukowski Esta semana comenzaremos recomendando un libro y las razones por las que consideramos su valía. La recomendación no obedece a méritos y criterios de lo que bien puede llamarse “una crítica especializada”. Nada de ello. Simplemente es el antojadizo criterio del autor de esta nota que encontró en esta obra lo suficiente para sugerírtela con el mejor ánimo del mundo. Cartero de Bukowski es una de esas obras que al terminarlas de leer reconfiguran tu actitud con el mundo. Un aliento cínico recubre todo el armatoste de este intento catártico del autor por dar forma, justificar, enmendar y desahogar las razones de una vida sin sentido, sin pretensiones existenciales y, por qué no decirlo, sin ánimos frívolos de la trascendencia ególatra de todo escritor. Este tipo se desahoga. En este libro encontramos a una bestia alpinchista presa de su valentía y su testosterona pero, ojo, hay que ser cuidadosos para no perder de vista al escritor real, al creador sensitivo y entre líneas avizorar al ser humano lleno de sensibilidad que reclama un mundo más cálido. Encontramos muchas obras que nos regalan sus consejos y estos nos sirven de acicate para vivir y continuar. Esta obra es todo lo contario. No te da consejos optimistas ni te embellece el paisaje. Te cuenta las cosas como son y como muchos no las quieren ver. Como haciéndonos ver que detrás de tanto soporte emocional y demás intentos por querer gritarnos desesperadamente una razón, un sentido o un propósito de vida, muchas veces la mejor manera de vivir y celebrar el abrir los ojos cada mañana, es darle a las cosas el valor que tienen: ninguno. Lo demás es solo caminar tranquilo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Feliz día, chicas

Este sábado 2 de junio se celebró el día de la trabajadora sexual. Llegué tarde para la ceremonia oficial pero finalmente llegué.Recién en los albores del domingo, alcancé la fiesta. Saludé: tímido pero siempre respetuoso. Entré temeroso y me hallé en feudos colombianos. Dijo llamarse Gloria. Nunca mujer tan hermosa miró mis ojos. …Comencé y terminé sin saber cuándo comenzó y terminó todo. Fallé en el intento de pretenderme un héroe y creí haber resuelto una necesidad mientras salía con mil interrogantes más. Preguntas y desencuentros seguían en mi alma. No te equivoques, amigo, todo fue matemáticamente perfecto: ordenado, coordinado y consumatorio al fin y al cabo. Caminé hacia casa pensando en mis supuestos logros y me sentí ausente. Algo faltó. Siempre falta algo cuando jugamos a ser artificiales. El azúcar no siempre es tan dulce como nos hacen creer. Aun así, se creó un espacio para inventar respuestas, y eso basta para nosotros: los caminantes ciegos.Gracias niñas por tanta caridad: por entender al torpe, por ajusticiar al desvalido, por razonar pacientes con el mundo y regalarnos tiernas manos listas de amor. Yo celebro tu día.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Institucionalizando farsas: MISTURA

Me sorprende lo felices que nos sentimos los peruanos al ser estafados. Bueno, quizá habría que ser más amplios en la idea: los humanos en general somos tan fáciles de manipular y moldear que ya nada sorprende. Veo con asombro como se ha institucionalizado la Feria Gastronómica Mistura como el evento del año. Me resulta increíble ver que los precios de las entradas aumentan año a año y aun así, la gente sigue asistiendo: 25 soles de entrada y 20 soles para poder hacer uso de los estacionamientos para autos. ¡Increíble! Ya gastaste 45 soles y aún no comiste plato alguno. Es más, miles de peruanos, con sueldos bastantes limitados, esperan dicha feria para gastar algunos cientos de soles en comidas que todo el año pueden comprar en mercados y plazas sin tener que pagar un solo sol de entrada ni de parqueo. Tema aparte sería las incansables colas. ¡Dios! Consuela el alma de tanto inocente comensal que pone a prueba su tolerancia e insensatez por un plato de comida. Qué cojudez. Conversando con algunos ufanados asistentes, me comentan que Mistura es un éxito porque puedes encontrar todo tipo de comida en un solo lugar ¿Y? ¿Acaso podrás comer todo? ¿Cuántos platos puede soportar tu estómago y respaldar tu billetera? Es increíble realmente como nos han hecho creer que Mistura es el paraíso gastronómico y todos pisamos el palito, extendemos los brazos hacia el frente y marchamos solemnes para alimentar las arcas de los más astutos. El día que en el Perú se institucionalice la feria nacional de venta de excremento, ya sabemos que todos correrán a ella. Los buses del Metropolitano al servicio de nosotros van por cuenta de la casa. Es decir…

lunes, 11 de febrero de 2013

Escucho un ruido

Prendo la luz. No hay nadie más que yo en mi habitación, apago la luz. Luego de unos minutos, vuelvo a escuchar algo. Prendo la luz. Nadie. Respiro con calma. Apago la luz. La ligera presión de un cuerpo se siente apoyarse a mi lado de la cama. Me quedo inmóvil. Pienso en hacer un movimiento rápido pero es tarde: el miedo ganó y no puedo moverme. Primero, pienso lo peor (es mi tendencia) luego, me obligo a buscar una explicación racional a todo esto (es mi profesión): solo es una ilusión perceptiva producto de un temor infundado a la oscuridad que me genera alteraciones propioceptivas y exteroceptivas. Me calmo. Me exijo creer en algo coherente. Luego tu olor a azufre embota mi paciencia nasal. Me fuerzo a no desesperarme. Intento, realmente intento afloren pensamientos lógicos que expliquen lo que sucede. El miedo me consume, devora mi alma, tensa mis músculos y acalambra mi mirada. En un intento soberano corro hacia al interruptor y logro encender la luz. No hay nadie. Observo hacia todos lados. Nadie. Me convenzo que sigo durmiendo o quizá simplemente estoy en la pesadilla nocturna de algún habitante de otra dimensión. Pierdo coherencia. No sé en qué pensar. Apago la luz y vuelvo a la cama. Luego de unos segundos, un cálido aliento recorre mi cuello, me besa tiernamente los labios, los muerde a modo de despedida, y se desvanece entre mi angustia y la ventana de mi cuarto. A lo lejos escucho tu risa traviesa perderse entre la noche y el horizonte. Juro que eres la enamorada más rara que he tenido.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El hijo del rey

Volviste a la tierra, seguro de conocerla. La primera sorpresa te la brindó el sol: hervía. No recordabas haberlo dejado así en tu última visita. Un policía te pidió papeles. No tenerlos te costó. En las radios, todo te sonaba confuso; en los televisores, todo el mundo vendía cursos, caramelos y revistas en inglés. Te sentiste un extranjero. Cayó la noche. Sin hogar bajo los pies jugaste a confiar y perdiste. La noche no es el reino de tu padre. Soltando lágrimas, tentaste suerte en las iglesias. Había muchas. No hubo suerte. Tus profetas vendían cupos en los cielos, remataban paz por favores, pero no hospedaban necesitados. En mercados, librerías, comisarias y prostíbulos vendían tus fotos. Parecías el hombre más buscado. En tatuajes, estampitas, camisetas y grafitis creíste ver tu rostro. Ese no eras tú. Veías pasar la limosina de tus representantes en la tierra. Con el alma vestida de negro bendecían calles y plazas. Todo en tu nombre, y tú… lleno de preguntas. Te reconoció un grupo de vagabundos, recorrieron plazas, armaron una banda y sembraron rocanrol por el mundo. Una mañana, la prensa te cercó. La iglesia te juzgó. La policía te puso morada la piel y los jueces rifaron tu cuerpo. Sujetado de pies y manos, caíste en lo profundo del sueño y su eterna oscuridad. Soñando con paraísos de gloria y pasión veías tu alma disolverse. Regresabas a reunirte con tu padre. Prometiste no volver.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Moraleja

Me levanté sobresaltado. Eran las 2:05 am. Salí a caminar por las calles de Lima. En medio de la basura, encontré llorando una serpiente de cascabel herida. Lloraba de miedo y de frío. La llevé a casa, la cobijé entre mis sabanas y le di calor con mis palabras. Así, entre abrazos, cesaron las lágrimas de ambos. Llegaba de trabajar cada día y compartíamos miradas, cuidados y tostadas con mermelada de mora. Jugábamos a escribir mil poemas de amor. Nos desvelábamos riéndonos de la vida. Cada día la veía más recuperada. En ocasiones, veía en sus ojos un dolor oculto en el silencio. La abrazaba. Dejé el trabajo y dediqué vida y tiempo completo a renovarle la salud y sembrarle sonrisas en el alma. Un día llegué a casa y la noté recuperada, sonreía y movía el cascabel eufórica. Me alegré. Me pidió un abrazo y corrí a ella. De pronto, confundido en mi alegría, sentí una mordida letal en el cuello. Me desvanecí indefenso mientras me estrangulaba hasta asfixiarme. Devoró mi cuerpo en cuestión de segundos. Cogió mis miradas, mis cuidados, mis tostadas, se fue de mi casa y volvió a la basura.

viernes, 25 de mayo de 2012

Divorcio

¿Por qué te fuiste, amor?, ¿Dónde encontraste mejores huéspedes que ella y yo? Tu ausencia se siente implacable. Monstruosa. En un inicio tu presencia justificaba todo. Embellecía cada uno de nuestros actos. Acariciabas mi alma con respuestas plenas y convertías mi pobreza en un festín de alegrías. Te veía en el rostro de ella y sentía el vivir a plenitud. El amor: ciego, terco y arrasador, no avisa. No argumenta su presencia. Irrumpe, mueve, descompagina y continúa. Hoy, amor, eres poco o nada. Rebosas en las bocas del mundo y careces de sentido entre tanto discurso vacío, entre tanto poema convertido en mentira. Amor, ¿cómo entender tus razones si hoy ya no estás? Uniste pasiones, engalanaste amaneceres y disfrutaste como un dios omnipotente al vernos crear mil y un locuras en tu nombre. Sembramos promesas al viento dedicando cada abrazo a los propósitos de tu voluntad. Caía la tarde cada día y se renovaban los juramentos. A falta de pan: amor. A falta de vino: amor. Cada mendrugo era compartido. Cada beso: un universo. Siempre estaremos juntos nos decíamos. Amor, te fuiste y ya nada existe. Tu vacío dio paso a lo innombrable; desnudó mi inmadurez y mi poco juicio. Hoy el desconcierto nos coge desarmados al no verte por ningún lado. No hay más amor y lo que queda es basura, cenizas, huellas a medio borrar. El sentimiento pleno ha dado paso a los reproches. Las caricias hoy son insultos. Las promesas se tornaron bajezas y la esperanza de una vida se convirtió en un rechazo entre ella y yo. Hoy que el amor se ha ido, nos miramos cara a cara y no nos reconocemos. Forzamos respuestas y solo aparecen reclamos. Amor, te fuiste y lo que debió ser paz y una estela de recuerdos bellos, se convierte irremediablemente en heridas. Ella y yo ya no nos amamos. Ella y yo ya no compartimos un pan, una copa de vino. Algo falta en nuestra mesa. Algo se fue y su partida convirtió el festín en agonía. Peleamos por espacios, hijos, dinero y orgullos absurdos. Lo que un día fue secretos sinceros hoy es razón para atacarnos. Lo difícil de nuestra separación es el legado que nuestros frutos reciben. Un divorcio es, de alguna manera, una muerte. Es el acta de defunción que debemos sellar. Algo se va para siempre mientras discutimos si este abrigo es tuyo o si este disco es mío. Un fracaso que se formaliza con un par de firmas de dos seres que se ofenden al mirarse. Así de duro es esto, amigo. Créelo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Niña

Te vi llorar. Quince años no te bastan para entender este mundo. Indefensa, te acercaste a mí. Tus lágrimas minaban mi templanza. Tus ojos llovían y anegaban mi alma. Quise tocarte con paciencia y honestidad. Besar tus mejillas. Quise colocar mis manos en tu cuerpo y calmar el temblor de tus penas. Cogerte entre mis brazos y robarte los temores causados por ellos, los adultos. Quise llenarte de vida, colmarte de amor y desaparecer aquellas heridas de tu alma. Atrás, habita ese mundo que te lastimó y que también sabrá juzgarnos. Ese mundo que no entiende lo que es una caricia porque olvido lo que es el amor.

Niña, ¿Cómo hago? Carezco de licencias, carezco de herramientas para amarte. Hablo de amor sincero, del que toca y sana. Del que cura las heridas. Del que nadie podría avizorar en mis manos. Del que rescata a los caídos y transforma en esperanza los baldíos pantanos del dolor. Te quiero cerca, tocarte y con mi amor besarte. No quiero lastimar más tu golpeado corazón. Niña. Quince años te convierten en una utopía. Mostrarte mi amor es ganarle al miedo de las miradas. Demasiado para este mundo de desalmados. ¿Dónde el pecado? ¿Dónde? Afuera, esa ciudad ajena, convierte siempre en algo terrible al amor.

Hoy no me importa ese mundo. Acerqué mi espíritu a las puertas de tu ansiedad, dejé que lo sutil de mis años reciba de tu miedo todas las respuestas. Tomé tus temores y los convertí en una justificación. Por un segundo, por un maldito segundo, observar tu inocente querer me hizo volver a confiar en este mundo de mierda. Ese cariño que compartimos en un abrazo de despedida ¡Eso es Cariño! No lo que hay en ellos, cantaría el trovador desde su barca hacia la eternidad, celebrándonos con canciones de aprobación.

Recuerda esta noche antes de dormir mis consejos, mis manos, y ese infinito que creamos por un segundo perfecto. Recuérdame en la soledad de esta noche. Yo lo haré, mi niña.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Dios ha muerto

De niño mi madre me regaló un juguete que aún conservo: un oso de peluche. Era mi manera de interactuar con el universo. Fue mi excusa lúdica para ingeniarme mil historias; comenzando así una larga carrera disfrutando al inventar paisajes y creando paraísos terrenales. En casa, había problemas. Mi universo fantasioso no comulgaba con el mundo real lleno de excesos y millones de humanos. Volteé hacia mi peluche, lo miré detenidamente. Decepcionado del existir, cogí de arma un plumón y le pinté en su pecho lo que es el título de este relato: Dios ha muerto.

Dios ha muerto. No existe. No existió. No existirá. No dará solución a mis penas ni servirá de excusa para mis errores. ¿Dios creó al hombre? No. El hombre fue quien creó a dios a su imagen y semejanza, nos decía Ludwig Feuerbach hace 150 años. Y es lo más probable. Elegimos vivir atados a un padre omnipotente que vele por nosotros y nos rescate de caer. Así somos. Irremediablemente dependientes. No somos nada sino excusas y ensayos. Nuestro mejor invento, nuestro mejor intento de crear algo útil: dios. Pero, imperfectos, al fin y al cabo, no pudimos crear nada bien y nos falló la intentona. No resultó. Con los años aprendí que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche había acuñado la misma frase para sentenciar el fin del pensamiento cristiano y convocar a una revolución mental donde se exija al hombre luchar por ideales superiores y aguerridos, dejando de lado la parsimoniosa y benevolente doctrina cristiana.

Enciendo la luz y estoy a mitad de la noche. Lleno de miedos. ¿A quién recurrir? Maldito seas, dios. Sí existes. Te marchaste y nos dejaste cuando te necesitábamos. Te fuiste de vacaciones y olvidaste tu mundo, lo dejaste a su suerte y hoy se cae a pedazos. Te maldigo, dios. Mil veces te gritaré mi odio. Iré por calles y plazas hablándole al mundo de tu iniquidad e injusticia. Me encargaré de ti. Ya te cagaste, dios.

Me recuerdo en el colegio levantando mi mano ávido de respuestas hacía con el discurso del incansable profesor de Religión que sabía se topaba con un hueso duro de roer, hecho de madera escéptica y que no se callaba ante propuestas míticas ni respuestas sin base.

A veces caigo. Tropiezo y demoro en levantarme. Me quejo y enfilo mi rabia contra dios. Ese, del cual despotrico y a quien no reconozco, termina siendo a quien le dirijo la más elevada de mis plegarias o el más endemoniado de mis lamentos. Finalmente, me veo reflejado en mi silencio y me revelo desnudo ante la incertidumbre existencial y la posibilidad fortuita de vivir dentro del sueño de un gigante o sentir que, simplemente, pierdo la razón. Vuelvo a levantarme en la noche y me descubro vulnerable durmiendo en un desierto baldío. Solo, bajo el asfixiante brillo de la oscuridad total. El millón de preguntas es mi mayor temor. No tengo respuestas, solo un cordón umbilical que me une a ti. Ese cordón que siempre juego a cortar y siempre vuelve a aparecer. Dios, entiéndeme, me hiciste imperfecto y como tal producto, te he fallado. Dios. Perdóname por haber dudado. He pecado. ¿Dios?

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Se viene otra derrota? (Parte Final)

Puedo resistir todo menos la tentación, decía Oscar Wilde. Simpática reflexión que podría confundir al lector pensando es el tema de este relato. No. Ella no era una simple tentación. Ella era una oportunidad de apagar incendios, de resolver misterios y de llenar vacíos. De ganar una respuesta o quizá, por qué no, perderlo todo nuevamente.
Quise lavar mi orgullo de la manera equivocada: volviendo a tenerla cerca a mí. Quise matar mi odio de la manera incorrecta: volviendo a abrazarla. Quise terminar con esta historia de una vez por todas y simplemente me engañaba: tomarla entre mis brazos era volver a quererla. El orgullo y el odio serán siempre malos consejeros para estos temas. Sí, finalmente es un tema que le corresponde al corazón y me jode reconocerlo. Me jode saberme humano y no poder controlar todo lo que creo sencillo de controlar. Aquello que cuando está en boca de amigos o extraños suena patético. Verme atado a tan humano dilema me hacía sentir devastado.
La cogí del hombro en la puerta del local. Pensé detenerme ahí. No pude. La besé. Pensé acabar con todo ese absurdo ahí, pero no. Cogí un taxi y volamos a mi casa. El tiempo y el silencio del viaje eran síntomas de tensión. Nada que contarnos. Mucho que explicar. No hoy. Llegué a casa y quise abandonar todo este absurdo plan. Sabía que al enredarme con ella entregaría algo más que fluidos corporales. Lo sabía. Quise llorar y que vea lo desarmado y vulnerable que era frente a ella. Quise odiarla con más fuerza. Quise ser más valiente. Quise detenerme.
No pude.
El lunes por la mañana la mirada de mis amigos era fría. Por la tarde, un par de llamadas requerían saber cómo estaba. Por la noche, un autoanálisis era necesario. Hice un recuento de los muertos y los heridos. Pase lista: Integridad. Presente. Tranquilidad. Presente. Templanza. Presente. Billetera. Presente. Actitud. Se ha ido al baño capitán pero ya viene. Ok. ¿Todo tranquilo? Sí, mi capitán.
Perfecto.
Ese encuentro que parecía nos volvería a envolver en una historia turbia de desamores y engaños, tendrá que esperar. No percibo heridas de guerra en este corazón y sé que camino por territorio seguro. Lo siento en cada uno de mis huesos. Sus llamadas del día martes, miércoles y jueves no tocaron la más mínima fibra de este viejo león. Verla parada en mi puerta el viernes no remeció nada en mí. La puerta se cerró en su cara y con ella esta historia. A veces, para vencer un miedo, para curar una herida, para mitigar un dolor, la solución se encuentra en el mismo lugar donde se originó todo. Para mí ya no es la más pérfida de todas, ni el más doloroso de mis dolores, sino otra linda niña que se esfumó en los jirones de mi selectiva memoria. El camino es largo aún y hay muchas otras batallas que librar. Avancemos muchachos. A paso redoblado.
Volví al pasado, levanté mi tienda de campaña y abandoné tu cuerpo en las áridas tierras del olvido. Aseguré provisiones y partí hacia el futuro con una sonrisa en el bolsillo. ¿Todos listos? Todos listos, mi capitán. Vámonos.
Adiós.

sábado, 28 de enero de 2012

¿Se viene otra derrota? (Parte 1)

La personificación del peor de los daños. El más cruel de los crímenes. La más baja de las deshonras. La más pérfida. La más villana de las mujeres. Esa, me tocó a mí.

Recapitulemos: Sentado en mi escepticismo, huraño, desde lo alto de mi torre, avizoré tu maldad. Olí a kilómetros tus intenciones. Llegaste con las manos llenas de sangre fresca y ajena. Aun así, creí. Confié en mi férrea capacidad de control. Te abrí la puerta de mi casa, te invité una sonrisa, te regalé vida y, sin darme cuenta, jugué a quererte. Te di un segundo la espalda y lo pagué. Muerto, con un puñal en el revés cual el peor de los tontos, me sigo preguntando: ¿POR QUÉ?

Volví a la vida. Me juré levantarme y lo hice. Prometí olvidar y creí haberlo hecho. Desempolvé mi capa y salí a recorrer el mundo mostrando la sonrisa más escandalosa cual señal de buenaventura. Estoy bien, ¿no me ves? ¿Ella? No sé… no sé nada de ella. Mentía. Sí sabía de ella. Vivía en mis miedos, en mis deseos, y lo peor de todo: en el inminente futuro. Ese futuro al cual deseaba nunca enfrentar. Pero el destino se rasca la ingle todos los días mientras juega con mi suerte y el día menos deseado, llegó. Y yo: desarmado.

Sábado. Centro de Lima. 1:30 am. Junto a dos amigas, cerca de la pista de baile, se erigía el más doloroso de mis dolores. La visión de aquel espectro que hacía años residía en mi memoria me tomó de las gónadas, removió mi estómago, le metió un cachetadón a mi papada y me delató vulnerable frente a mi enemigo. Craso error en una batalla. Ella me miró, se acercó y sonrió. La muy bastarda. La miré (estaba deslumbrantemente hermosa) y en la punta de la lengua se congelaron los mil insultos que había planeado gritarle en el rostro. Mis ojos hervían y los absurdos segundos se hacían horas, finalmente, caí en la cuenta que el día que me tocó perder con ella se había iniciado una historia de derrotas. Todas por KO. Mi suerte estaba echada. No había un final feliz para esta historia. El más desleal de mis romances, el más angustiante de mis recuerdos amorosos estaba frente a mí con la sonrisa más relajada cual si nada hubiera pasado entre ella y yo. Colapsó mi cerebro. Un tipo de reconexión entre mi presente y mi pasado sucedió. Se cruzó mi vida delante de mis ojos y en muchos recuentos la encontré jugando a quererme, diciéndome que me idolatraba y en cada uno de esos absurdos recuerdos pude ver mi cara de felicidad. Qué Iluso.

Cogí mi dignidad, me la metí al culo. Apresé su pequeña mano, esa misma que usó para matarme, y salí con ella hacia el pasado. Mis discursos de hombre y decidido y mis consignas de jamás volver a ella se caían por mis ojos. Nada pude hacer. La gente me vio salir con ella del local. Movían sus cabezas desaprobatoriamente. Los jueces parecían querer deliberar…

¿Se viene otra derrota?

lunes, 2 de enero de 2012

El eterno domingo

El hombre es un ser arrojado al mundo nos decía Martín Heidegger y me divierte pensar que el existencialismo era y será una buena manera de entender este aciago mundo.

Comenzar el año con un texto donde brillen por su ausencia las palabras de bienvenida al nuevo año, donde escaseen los brindis, donde se sienta que voy contra la corriente (nunca tan bien utilizado el término ant ...es) y se perciba la desolación de lo festivo, no hace más que demostrar que la coyuntura no determina mi pulso. Unas cuantas cervezas y abrazos no borran un año.

Aguántate las ganas de criticar, sobrino. Borra ese comentario con sabor a palmadita en la espalda, chochera, que aquí nadie esta depre. Simplemente me dieron ganas de sentar posición, volver a defender posturas teóricas de antaño, asirme de algo de valor, buscar mi viejo disfraz del Grinch, ponérmelo y salir a pasear por calles y plazas, contándole al mundo que la vida, esta vida que nos tocó vivir, no es una fiesta de fin de año.

Cuando en alguna tertulia, defiendo la idea que uno decide vivir así como también puede decidir morir, nunca faltan los optimistas, los fundamentalistas de la vida, los apóstoles del masoquismo que me señalan con el dedo y claman por mi destierro, exigen que me retracte de lo dicho o arderá Troya. No me presto a la polémica. Cambio de tema. No de opinión.

Me gusta pensar en la idea de elegir tu partida. Siempre me gustó la libertad. Desde sus definiciones filosóficas y problemáticas, hasta su verdadera esencia llevada a la práctica, excesos y demás. Libertad para todo. Desde un inicio hasta un final. Hasta el final.

Quizá sencillamente es solo un juego de ideas. Una práctica ociosa de querer avizorar el fin sin sentir que lo tienes realmente cerca. Quizá sea una manera de perderle el miedo a la muerte e ir adaptándome a la idea de lo inevitable, como diría Jean-Paul Sartre.

Para mí hay un sabor dulce en pensar en escapar de algunas cosas. No me interesa jugar a ser héroe ni creo que lo sea. Me gusta pensar en descansar ya de tanta hipocresía, tantos seres humanos y sus modales que no comprendo. Se ponen amenas mis mañanas cuando imagino la ausencia de tanta bulla, de tanto disparate, de tanto dolor en los ojos ajenos. Me imagino un fin de año como un verdadero fin de todo: un último parpadeo. Un descanso final. Un día que comienza lento con una brisa que te acaricia el rostro mientras vuelves a quedarte dormido. Una siesta sin las amenazas de despertador. Un eterno domingo

jueves, 1 de diciembre de 2011

Motores

Comenzar el texto con semejante epígrafe haría caer a muchos en la idea que los autos o motocicletas son el tema de mi desvarío semanal. Cuan equivocados estarían y la culpa sería exclusivamente mía. Propiciar dicho error es el juego intencionado para sorprenderte esta madrugada y captar tu atención.


Motores. Son muchos. Y con ello me refiero a los impulsos que nos dan la fuerza para amarrarnos en una silla frente a una hoja en blanco y escribir. Hay motores cuyo combustible es la alegría, la rabia, el odio, el rencor, el deseo o el sencillo y adictivo ego. Otras veces, el motor no se muestra tan sencillo, se siente como el vacío fantasmal de un pasado mejor y, tamaña carencia, nos empuja a seguir. Parar, es ciertamente imposible.


Hoy ese fantasma es mi motor. Tan distinto al de la semana pasada. Para dichas fechas todo era alegría, salud mi brother, dos más y palmaditas en el hombro. Hoy ante la resaca de todo lo gozado algo se empoza en mi alma. Es la depresión postraumática de una celebración. Yo lo sé. (Perdónalos Vallejo porque no saben lo que leen)


Luego de la marea alta, del gol de volea, del orgasmo feroz, el cigarrito cómplice, luego de verle la cara a Maradona por un segundo, viene, obviamente, la caída propia de toda historia. Nadie vive en la cúspide, es parte de la vida subir y bajar sinuosas montañas. No estamos hechos para la felicidad y nuestro destino es esforzarnos en alcanzarla. El camino para llegar a ella es lo divertido y donde reside nuestra historia de vida.


Lo lamentable es cuando la bajada nos toca en caída libre. Llevo tres días encerrado en mi cuarto. Improductivo. Intente acompañar a un amigo que solicitó mi compañía para un concierto y no fui. Mi cuerpo quizá sí. Mis ojos seguían clavados en el techo de mi casa y la caída seguía libre. Continuaban pasando los días. Cayendo más.


Entonces…recurrí al truco que me enseñaste. Las herramientas que dulcemente me brindaste: eché una mirada a mi montaña de películas y crucé los dedos. Play. Directo al cerebro con asalto a mi sistema límbico. Fascinante. No puedo decir más. Tuvo momentos demasiado humanos, me tocó. Me hallaba vulnerable y una buena película podía hacer lo que se le antoje con mi templanza. Lo hizo y ahora agradezco a quien me enseño a disfrutar del séptimo arte (te imagino sonriendo al leer esto, Brujita).


No te diré qué película fue, o bueno, no por esta vía. Quiero jugar con tu curiosidad e inventar una ocasión para que te animes a ubicarme y preguntarme cuál fue. De este modo, encontramos la disculpa del caso, tomamos una mesa por asalto e inventamos una cita teñida de tinto. Engreírnos entre copas será siempre nuestro mejor consultorio. Nuestra mejor mesa de trabajo.


Terminé de ver la película y de un salto me levanté de mi cama, cogí un papel y comencé el borrador que hoy lees.


Una gran amiga, un ángel de la guarda, me regaló un estuche lleno de películas europeas. Un estuche lleno de oportunidades. Por eso el escrito de hoy se torna solemne y mis palabras toman fuerza. El agradecimiento es para ti, Eva, que convertiste más de 10 mil kilómetros en un abrazo que tanto necesitaba.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Gracias

Abro los ojos. Echado, desde mi cama, diviso la barra del bar: copas a medio llenar y botellas a medio vaciar. Comienzo a recordar la noche anterior. Sonrío. Te hago a un lado y bajo a la piscina. Espero la movilidad en la puerta de mi casa mientras saludo con un gesto de triunfador a mi vecino. Llegó la limusina (la Covida) y salgo dispuesto a pasear por las deliciosas calles de Saint Germain, mi querido Paris (Huiracocha con Cuba, Jesús María). Y soy feliz.

Son días de paz. No sé si los merezca pero por fin llegaron. Incluso me asustan. Tanta tranquilidad parece síntoma predictor de una hecatombe. ¿Lo escuchaste? Dicen que hubo un rayo en Lima. Uy chucha, lo sabía. (Disculpen la desconfianza)
Estoy feliz y veo a mis amigos felices. Estoy feliz y veo a mis amigas hermosas. He recibido elogios de quienes admiro y abrazos de quienes amo. Todo va tomando sabia forma y mi ausencia de modestia, sumado a la vehemencia de mis dedos, me dificulta no compartirlo contigo.

Negociaré con el destino, cara a cara frente al espejo, dejándonos de formalismos hablaremos del futuro. No hay mejor manera de hacer planes que mirándote y diciéndote lo que amas y odias de ti, llegar a un consenso, secar las lágrimas de tu rostro, los escupitajos del espejo y concertar: Quiero esto para mí. Quiero esta sensación más tiempo. No quiero que los días de felicidad sean solo 2 ó 3 en el año. ¿Es un trato? Es un trato.

Mi hermano del alma, Manolo, me dijo que a la vida hay que darle la contra. El ser humano ha inventado un millón de razones para ser infeliz y hacer infeliz al resto. Que se jodan todos. Hoy vamos a darle la contra al mundo… total, es lo que mejor sabemos hacer.

En épocas tristes no entendía por qué mi pulso se negaba a detenerse. Por qué entraba y salía aire hacia mis pulmones. Por qué un corazón tan venido a menos se negaba a despedirse. No creo tener aún la respuesta pero sí saber que el tiempo es una dimensión para el que arriesga.

Las gracias de rigor a la familia, amigos y demás superhéroes (entrar en detalles de nombres sería aburrido para ti y para mí). Me alegra pensar que hoy es un buen día y que probablemente mañana sea todavía mejor.

Regreso a mi palacio y veo que ya no estás. Al no ver nada material en mi habitación, huiste. Te entiendo. Vuelvo a sonreír. No hay bienes ni riquezas. Lo que un día tuve no está. Me hace demasiado feliz el saber que nada tengo porque todo lo disfruté compartiéndolo con mis amigos y seres amados.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Otra noche más…

Son las 4:05 am.

A veces necesitamos cambiar de espacios, dejar repentinamente lo que estamos haciendo y salir a caminar. La noche es sinónimo de oscuridad, de sabia soledad. De cierta esperanza. Salir a dar una vuelta es intentar buscar todo ello. La noche también es peligro, incertidumbre. Hoy iré tras lo segundo. El letargo no es lo mío. No puedo con la quietud. Me descompone. Me irrita. La noche es calma, pero siempre guarda la esperanza de lo inesperado. De la vorágine total.

Vamos paso por paso. Tentar algo de suerte. Total, es de noche. “…Sol, no entiendes lo que pasa aquí, esta es la noche, y de la noche son las cosas del amor…” decía el trovador.

La semana pasada me divertí extrañándote y no lo oculté. Esta noche caminando quizá te halle. No rías. Es sólo un deseo. No me cuestionaré el motivo de salir esta noche. De algo se huye y hacia algo se orienta uno. Veré que rumbo cogeré hoy. Lanzo los dados. Encuentro un boleto de avión en mi bolsillo. Lo fumo. ¿Para qué caminar?

4:16am.

No sé donde estoy con exactitud. El mundo está completamente en silencio. Mudo. Pero hay ojos observándome. Gatos. Humanos. Animales al fin. La noche se lleva mi alma. La muestra, la exhibe. La toma, la daña. La lanza al ruedo nuevamente. Camino por calles más oscuras. Me detengo a ver los rostros de los bohemios. Las cantinas a medio cerrar. Los observo ver mirar. Su mirada detenida en el tiempo, mirando a la nada por horas, días y semanas. Solo veo ojos vacíos. Ellos me ven y con certeza notan lo mismo. Hay algo de esencial en la noche. Algo de absurdo. Puedo sentir la ausencia total de bondad. Ni un vestigio de acto correcto. Aun así, todo marcha como lo esperaba. Doblo en la esquina y creo haberte encontrado. Nada. No eras tú. Ya debería saber que ni en nuevas esquinas ni en nuevos copas te hallaré. Entiéndelo. Grábatelo.

No camino para olvidar. No salí a recorrer pasos para gastar veredas. No quieras encontrar en estas líneas una razón que te funcione.

En la esquina, lo veo ahí parado: el diablo. Me miró de frente, me tomó desprevenido. Cruzamos miradas por un buen rato. No percibió miedo y se fue. Continúo caminando. Quizá me espere en casa.

Echarse a andar sirve para pensar en tus acciones del día. Hoy discutí con un buen amigo. Lo golpeé y estoy seguro que el daño me lo hice a mí. La noche y las calles son cada vez más lúgubres y oscuras. No obstante en la oscuridad siempre hay luces que iluminan el corazón del caminante.

4:45 am.

El camino parece vuelve a hacerse conocido.

Reconozco lentitud en mi andar. Demasiada. Hace una cuadra que me sigue un patrullero. Otra vez el brazo represor del sistema acechándome. Me escoltan y me observan seguros que algo planeo, que intento transgredir el orden. Cuando uno se muestra así, lento y solitario, siempre imaginan que uno es un alcohólico, un drogadicto o un asesino.

Y yo nunca he matado a nadie.

jueves, 10 de noviembre de 2011

2:23 am

Eché una mirada al pasado… Ahí te hallé. Desnuda. Incansables los dos. Jugando a no dejar que me vaya. Mirando a tus ojos y encontrando imposible no quererte. Escuchando tus palabras, juramentos, promesas, risas, llantos y demás: “Siempre estaré para ti”. Yo lo creí.

Hoy no sé tu nombre. No puedo asegurar para quién va dirigida esta catarsis. Pero recuerdo las palabras. Los besos. Las veces que me erigía soberano en tus rodillas y me lanzaba hacia una fuente de vida sólo para mí. Formando alianzas eternas. Escapando cobardes del mundo atroz que no comprendíamos y que esquivábamos fundando valientes un reino de dos humanos. Dos personas. Dos y solamente dos. Suficiente.

Hoy miro hacia el presente… Sentado frente a mil ideas y repitiéndome un discurso: Luz en tu mente y paz en tu corazón” (Gracias Buda). Buscando sentido y creyendo encontrarlo al gritarle al espacio vacío mis razones. Aquellas que me escuchabas gritar cada noche. Las suficientes para creerme digno de juzgar la sinrazón humana y pedirte ser mi aliada. Recuerdo tu mirada suspicaz, tu silencio comprensible y un abrazo lleno de calidez síntoma de amor. Lo posterior, lo recuerdo también. Tu cuerpo enquistado en mi piel saboteando mi templanza y dejándome desarmado. Sabías de mis debilidades y de mis pasiones. El juego del amor siempre fue y será el jaque mate a mi fuerza de voluntad. Ayer, hoy y siempre.

Mi presente es una rara confusión con mi pasado. Imposible no serlo.

Me atrevo a mirar hacia el futuro… Y lo dejo ahí. Esperándote aparezcas en la siguiente esquina, en la siguiente copa. La persona o cuerpo en el que te presentes es lo de menos. Me divierto pensando en que no tardarás.