Comenzar el texto con semejante epígrafe haría caer a muchos en la idea que los autos o motocicletas son el tema de mi desvarío semanal. Cuan equivocados estarían y la culpa sería exclusivamente mía. Propiciar dicho error es el juego intencionado para sorprenderte esta madrugada y captar tu atención.
Motores. Son muchos. Y con ello me refiero a los impulsos que nos dan la fuerza para amarrarnos en una silla frente a una hoja en blanco y escribir. Hay motores cuyo combustible es la alegría, la rabia, el odio, el rencor, el deseo o el sencillo y adictivo ego. Otras veces, el motor no se muestra tan sencillo, se siente como el vacío fantasmal de un pasado mejor y, tamaña carencia, nos empuja a seguir. Parar, es ciertamente imposible.
Hoy ese fantasma es mi motor. Tan distinto al de la semana pasada. Para dichas fechas todo era alegría, salud mi brother, dos más y palmaditas en el hombro. Hoy ante la resaca de todo lo gozado algo se empoza en mi alma. Es la depresión postraumática de una celebración. Yo lo sé. (Perdónalos Vallejo porque no saben lo que leen)
Luego de la marea alta, del gol de volea, del orgasmo feroz, el cigarrito cómplice, luego de verle la cara a Maradona por un segundo, viene, obviamente, la caída propia de toda historia. Nadie vive en la cúspide, es parte de la vida subir y bajar sinuosas montañas. No estamos hechos para la felicidad y nuestro destino es esforzarnos en alcanzarla. El camino para llegar a ella es lo divertido y donde reside nuestra historia de vida.
Lo lamentable es cuando la bajada nos toca en caída libre. Llevo tres días encerrado en mi cuarto. Improductivo. Intente acompañar a un amigo que solicitó mi compañía para un concierto y no fui. Mi cuerpo quizá sí. Mis ojos seguían clavados en el techo de mi casa y la caída seguía libre. Continuaban pasando los días. Cayendo más.
Entonces…recurrí al truco que me enseñaste. Las herramientas que dulcemente me brindaste: eché una mirada a mi montaña de películas y crucé los dedos. Play. Directo al cerebro con asalto a mi sistema límbico. Fascinante. No puedo decir más. Tuvo momentos demasiado humanos, me tocó. Me hallaba vulnerable y una buena película podía hacer lo que se le antoje con mi templanza. Lo hizo y ahora agradezco a quien me enseño a disfrutar del séptimo arte (te imagino sonriendo al leer esto, Brujita).
No te diré qué película fue, o bueno, no por esta vía. Quiero jugar con tu curiosidad e inventar una ocasión para que te animes a ubicarme y preguntarme cuál fue. De este modo, encontramos la disculpa del caso, tomamos una mesa por asalto e inventamos una cita teñida de tinto. Engreírnos entre copas será siempre nuestro mejor consultorio. Nuestra mejor mesa de trabajo.
Terminé de ver la película y de un salto me levanté de mi cama, cogí un papel y comencé el borrador que hoy lees.
Una gran amiga, un ángel de la guarda, me regaló un estuche lleno de películas europeas. Un estuche lleno de oportunidades. Por eso el escrito de hoy se torna solemne y mis palabras toman fuerza. El agradecimiento es para ti, Eva, que convertiste más de 10 mil kilómetros en un abrazo que tanto necesitaba.
