lunes, 11 de febrero de 2013
Escucho un ruido
Prendo la luz. No hay nadie más que yo en mi habitación, apago la luz. Luego de unos minutos, vuelvo a escuchar algo. Prendo la luz. Nadie. Respiro con calma. Apago la luz. La ligera presión de un cuerpo se siente apoyarse a mi lado de la cama. Me quedo inmóvil. Pienso en hacer un movimiento rápido pero es tarde: el miedo ganó y no puedo moverme. Primero, pienso lo peor (es mi tendencia) luego, me obligo a buscar una explicación racional a todo esto (es mi profesión): solo es una ilusión perceptiva producto de un temor infundado a la oscuridad que me genera alteraciones propioceptivas y exteroceptivas. Me calmo. Me exijo creer en algo coherente. Luego tu olor a azufre embota mi paciencia nasal. Me fuerzo a no desesperarme. Intento, realmente intento afloren pensamientos lógicos que expliquen lo que sucede. El miedo me consume, devora mi alma, tensa mis músculos y acalambra mi mirada. En un intento soberano corro hacia al interruptor y logro encender la luz. No hay nadie. Observo hacia todos lados. Nadie. Me convenzo que sigo durmiendo o quizá simplemente estoy en la pesadilla nocturna de algún habitante de otra dimensión. Pierdo coherencia. No sé en qué pensar.
Apago la luz y vuelvo a la cama.
Luego de unos segundos, un cálido aliento recorre mi cuello, me besa tiernamente los labios, los muerde a modo de despedida, y se desvanece entre mi angustia y la ventana de mi cuarto. A lo lejos escucho tu risa traviesa perderse entre la noche y el horizonte.
Juro que eres la enamorada más rara que he tenido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
