miércoles, 15 de febrero de 2012

Dios ha muerto

De niño mi madre me regaló un juguete que aún conservo: un oso de peluche. Era mi manera de interactuar con el universo. Fue mi excusa lúdica para ingeniarme mil historias; comenzando así una larga carrera disfrutando al inventar paisajes y creando paraísos terrenales. En casa, había problemas. Mi universo fantasioso no comulgaba con el mundo real lleno de excesos y millones de humanos. Volteé hacia mi peluche, lo miré detenidamente. Decepcionado del existir, cogí de arma un plumón y le pinté en su pecho lo que es el título de este relato: Dios ha muerto.

Dios ha muerto. No existe. No existió. No existirá. No dará solución a mis penas ni servirá de excusa para mis errores. ¿Dios creó al hombre? No. El hombre fue quien creó a dios a su imagen y semejanza, nos decía Ludwig Feuerbach hace 150 años. Y es lo más probable. Elegimos vivir atados a un padre omnipotente que vele por nosotros y nos rescate de caer. Así somos. Irremediablemente dependientes. No somos nada sino excusas y ensayos. Nuestro mejor invento, nuestro mejor intento de crear algo útil: dios. Pero, imperfectos, al fin y al cabo, no pudimos crear nada bien y nos falló la intentona. No resultó. Con los años aprendí que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche había acuñado la misma frase para sentenciar el fin del pensamiento cristiano y convocar a una revolución mental donde se exija al hombre luchar por ideales superiores y aguerridos, dejando de lado la parsimoniosa y benevolente doctrina cristiana.

Enciendo la luz y estoy a mitad de la noche. Lleno de miedos. ¿A quién recurrir? Maldito seas, dios. Sí existes. Te marchaste y nos dejaste cuando te necesitábamos. Te fuiste de vacaciones y olvidaste tu mundo, lo dejaste a su suerte y hoy se cae a pedazos. Te maldigo, dios. Mil veces te gritaré mi odio. Iré por calles y plazas hablándole al mundo de tu iniquidad e injusticia. Me encargaré de ti. Ya te cagaste, dios.

Me recuerdo en el colegio levantando mi mano ávido de respuestas hacía con el discurso del incansable profesor de Religión que sabía se topaba con un hueso duro de roer, hecho de madera escéptica y que no se callaba ante propuestas míticas ni respuestas sin base.

A veces caigo. Tropiezo y demoro en levantarme. Me quejo y enfilo mi rabia contra dios. Ese, del cual despotrico y a quien no reconozco, termina siendo a quien le dirijo la más elevada de mis plegarias o el más endemoniado de mis lamentos. Finalmente, me veo reflejado en mi silencio y me revelo desnudo ante la incertidumbre existencial y la posibilidad fortuita de vivir dentro del sueño de un gigante o sentir que, simplemente, pierdo la razón. Vuelvo a levantarme en la noche y me descubro vulnerable durmiendo en un desierto baldío. Solo, bajo el asfixiante brillo de la oscuridad total. El millón de preguntas es mi mayor temor. No tengo respuestas, solo un cordón umbilical que me une a ti. Ese cordón que siempre juego a cortar y siempre vuelve a aparecer. Dios, entiéndeme, me hiciste imperfecto y como tal producto, te he fallado. Dios. Perdóname por haber dudado. He pecado. ¿Dios?

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Se viene otra derrota? (Parte Final)

Puedo resistir todo menos la tentación, decía Oscar Wilde. Simpática reflexión que podría confundir al lector pensando es el tema de este relato. No. Ella no era una simple tentación. Ella era una oportunidad de apagar incendios, de resolver misterios y de llenar vacíos. De ganar una respuesta o quizá, por qué no, perderlo todo nuevamente.
Quise lavar mi orgullo de la manera equivocada: volviendo a tenerla cerca a mí. Quise matar mi odio de la manera incorrecta: volviendo a abrazarla. Quise terminar con esta historia de una vez por todas y simplemente me engañaba: tomarla entre mis brazos era volver a quererla. El orgullo y el odio serán siempre malos consejeros para estos temas. Sí, finalmente es un tema que le corresponde al corazón y me jode reconocerlo. Me jode saberme humano y no poder controlar todo lo que creo sencillo de controlar. Aquello que cuando está en boca de amigos o extraños suena patético. Verme atado a tan humano dilema me hacía sentir devastado.
La cogí del hombro en la puerta del local. Pensé detenerme ahí. No pude. La besé. Pensé acabar con todo ese absurdo ahí, pero no. Cogí un taxi y volamos a mi casa. El tiempo y el silencio del viaje eran síntomas de tensión. Nada que contarnos. Mucho que explicar. No hoy. Llegué a casa y quise abandonar todo este absurdo plan. Sabía que al enredarme con ella entregaría algo más que fluidos corporales. Lo sabía. Quise llorar y que vea lo desarmado y vulnerable que era frente a ella. Quise odiarla con más fuerza. Quise ser más valiente. Quise detenerme.
No pude.
El lunes por la mañana la mirada de mis amigos era fría. Por la tarde, un par de llamadas requerían saber cómo estaba. Por la noche, un autoanálisis era necesario. Hice un recuento de los muertos y los heridos. Pase lista: Integridad. Presente. Tranquilidad. Presente. Templanza. Presente. Billetera. Presente. Actitud. Se ha ido al baño capitán pero ya viene. Ok. ¿Todo tranquilo? Sí, mi capitán.
Perfecto.
Ese encuentro que parecía nos volvería a envolver en una historia turbia de desamores y engaños, tendrá que esperar. No percibo heridas de guerra en este corazón y sé que camino por territorio seguro. Lo siento en cada uno de mis huesos. Sus llamadas del día martes, miércoles y jueves no tocaron la más mínima fibra de este viejo león. Verla parada en mi puerta el viernes no remeció nada en mí. La puerta se cerró en su cara y con ella esta historia. A veces, para vencer un miedo, para curar una herida, para mitigar un dolor, la solución se encuentra en el mismo lugar donde se originó todo. Para mí ya no es la más pérfida de todas, ni el más doloroso de mis dolores, sino otra linda niña que se esfumó en los jirones de mi selectiva memoria. El camino es largo aún y hay muchas otras batallas que librar. Avancemos muchachos. A paso redoblado.
Volví al pasado, levanté mi tienda de campaña y abandoné tu cuerpo en las áridas tierras del olvido. Aseguré provisiones y partí hacia el futuro con una sonrisa en el bolsillo. ¿Todos listos? Todos listos, mi capitán. Vámonos.
Adiós.