sábado, 28 de enero de 2012

¿Se viene otra derrota? (Parte 1)

La personificación del peor de los daños. El más cruel de los crímenes. La más baja de las deshonras. La más pérfida. La más villana de las mujeres. Esa, me tocó a mí.

Recapitulemos: Sentado en mi escepticismo, huraño, desde lo alto de mi torre, avizoré tu maldad. Olí a kilómetros tus intenciones. Llegaste con las manos llenas de sangre fresca y ajena. Aun así, creí. Confié en mi férrea capacidad de control. Te abrí la puerta de mi casa, te invité una sonrisa, te regalé vida y, sin darme cuenta, jugué a quererte. Te di un segundo la espalda y lo pagué. Muerto, con un puñal en el revés cual el peor de los tontos, me sigo preguntando: ¿POR QUÉ?

Volví a la vida. Me juré levantarme y lo hice. Prometí olvidar y creí haberlo hecho. Desempolvé mi capa y salí a recorrer el mundo mostrando la sonrisa más escandalosa cual señal de buenaventura. Estoy bien, ¿no me ves? ¿Ella? No sé… no sé nada de ella. Mentía. Sí sabía de ella. Vivía en mis miedos, en mis deseos, y lo peor de todo: en el inminente futuro. Ese futuro al cual deseaba nunca enfrentar. Pero el destino se rasca la ingle todos los días mientras juega con mi suerte y el día menos deseado, llegó. Y yo: desarmado.

Sábado. Centro de Lima. 1:30 am. Junto a dos amigas, cerca de la pista de baile, se erigía el más doloroso de mis dolores. La visión de aquel espectro que hacía años residía en mi memoria me tomó de las gónadas, removió mi estómago, le metió un cachetadón a mi papada y me delató vulnerable frente a mi enemigo. Craso error en una batalla. Ella me miró, se acercó y sonrió. La muy bastarda. La miré (estaba deslumbrantemente hermosa) y en la punta de la lengua se congelaron los mil insultos que había planeado gritarle en el rostro. Mis ojos hervían y los absurdos segundos se hacían horas, finalmente, caí en la cuenta que el día que me tocó perder con ella se había iniciado una historia de derrotas. Todas por KO. Mi suerte estaba echada. No había un final feliz para esta historia. El más desleal de mis romances, el más angustiante de mis recuerdos amorosos estaba frente a mí con la sonrisa más relajada cual si nada hubiera pasado entre ella y yo. Colapsó mi cerebro. Un tipo de reconexión entre mi presente y mi pasado sucedió. Se cruzó mi vida delante de mis ojos y en muchos recuentos la encontré jugando a quererme, diciéndome que me idolatraba y en cada uno de esos absurdos recuerdos pude ver mi cara de felicidad. Qué Iluso.

Cogí mi dignidad, me la metí al culo. Apresé su pequeña mano, esa misma que usó para matarme, y salí con ella hacia el pasado. Mis discursos de hombre y decidido y mis consignas de jamás volver a ella se caían por mis ojos. Nada pude hacer. La gente me vio salir con ella del local. Movían sus cabezas desaprobatoriamente. Los jueces parecían querer deliberar…

¿Se viene otra derrota?

lunes, 2 de enero de 2012

El eterno domingo

El hombre es un ser arrojado al mundo nos decía Martín Heidegger y me divierte pensar que el existencialismo era y será una buena manera de entender este aciago mundo.

Comenzar el año con un texto donde brillen por su ausencia las palabras de bienvenida al nuevo año, donde escaseen los brindis, donde se sienta que voy contra la corriente (nunca tan bien utilizado el término ant ...es) y se perciba la desolación de lo festivo, no hace más que demostrar que la coyuntura no determina mi pulso. Unas cuantas cervezas y abrazos no borran un año.

Aguántate las ganas de criticar, sobrino. Borra ese comentario con sabor a palmadita en la espalda, chochera, que aquí nadie esta depre. Simplemente me dieron ganas de sentar posición, volver a defender posturas teóricas de antaño, asirme de algo de valor, buscar mi viejo disfraz del Grinch, ponérmelo y salir a pasear por calles y plazas, contándole al mundo que la vida, esta vida que nos tocó vivir, no es una fiesta de fin de año.

Cuando en alguna tertulia, defiendo la idea que uno decide vivir así como también puede decidir morir, nunca faltan los optimistas, los fundamentalistas de la vida, los apóstoles del masoquismo que me señalan con el dedo y claman por mi destierro, exigen que me retracte de lo dicho o arderá Troya. No me presto a la polémica. Cambio de tema. No de opinión.

Me gusta pensar en la idea de elegir tu partida. Siempre me gustó la libertad. Desde sus definiciones filosóficas y problemáticas, hasta su verdadera esencia llevada a la práctica, excesos y demás. Libertad para todo. Desde un inicio hasta un final. Hasta el final.

Quizá sencillamente es solo un juego de ideas. Una práctica ociosa de querer avizorar el fin sin sentir que lo tienes realmente cerca. Quizá sea una manera de perderle el miedo a la muerte e ir adaptándome a la idea de lo inevitable, como diría Jean-Paul Sartre.

Para mí hay un sabor dulce en pensar en escapar de algunas cosas. No me interesa jugar a ser héroe ni creo que lo sea. Me gusta pensar en descansar ya de tanta hipocresía, tantos seres humanos y sus modales que no comprendo. Se ponen amenas mis mañanas cuando imagino la ausencia de tanta bulla, de tanto disparate, de tanto dolor en los ojos ajenos. Me imagino un fin de año como un verdadero fin de todo: un último parpadeo. Un descanso final. Un día que comienza lento con una brisa que te acaricia el rostro mientras vuelves a quedarte dormido. Una siesta sin las amenazas de despertador. Un eterno domingo