miércoles, 11 de marzo de 2015
PANAMERICANA SUR – EN ALGÚN LUGAR ENTRE CHINCHA Y LIMA – 4:55 AM.
“Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad”
Vladimir Nabokov
El bus avanza por la carretera. Mi obstinado mirar se sumerge en la profundidad del horizonte donde nada se puede ver. Imagino paisajes infinitos. Cobran vida. En ellos creo adivinar historias del pasado. No puede haber sido todo siempre silencio en aquel paraje baldío. Exijo más. Retuerzo mi conciencia intentando descifrar a aquella piedra en el camino abandonada por el universo. Se encienden mis entrañas al mirar kilómetros y kilómetros de arena y desierto y no ver nada. Un absurdo placer me complace al exigir mi demencia al máximo. Se liberan mis demonios al inventarme fábulas imposibles. Se inquieta mi cordura hasta volverse furia. Necesito respuestas para este sinsentido. El fuego se torna en lava.
El bus sigue avanzando en la noche. Todos viajan sumergidos en profundos trances oníricos. Nadie me acompaña. Estoy al borde del colapso. Agoniza mi alma. Por fin creo ver algo. Grito en silencio. La noche me toca la ventana pero tengo miedo voltear. El silencio se convierte en un rostro. Es el reflejo del pánico. Lo analizo. Tras él, veo pasar al infinito. No hay respuestas. La existencia humana sobrecogida, desnuda. La inmensidad le roba la paz al viajero. En la oscuridad de la noche, se agiganta el temor y todo se vuelve abismo.
Todo lo avanzado en mi camino hacia la cordura se derrumba. A mi lado, un hombre duerme. Su paz me desconcierta. No comprende que allá afuera hay incendios y tormentas que nos esperan para estremecernos. El tipo comienza a roncar. Su naturaleza torpe y precisa me rescata del abismo final. Por fin.
Y cada viaje, cada semana, lo mismo. Si no has mirado por la ventana de noche nunca sabrás de qué hablo.
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