La personificación del peor de los daños. El más cruel de los crímenes. La más baja de las deshonras. La más pérfida. La más villana de las mujeres. Esa, me tocó a mí.
Recapitulemos: Sentado en mi escepticismo, huraño, desde lo alto de mi torre, avizoré tu maldad. Olí a kilómetros tus intenciones. Llegaste con las manos llenas de sangre fresca y ajena. Aun así, creí. Confié en mi férrea capacidad de control. Te abrí la puerta de mi casa, te invité una sonrisa, te regalé vida y, sin darme cuenta, jugué a quererte. Te di un segundo la espalda y lo pagué. Muerto, con un puñal en el revés cual el peor de los tontos, me sigo preguntando: ¿POR QUÉ?
Volví a la vida. Me juré levantarme y lo hice. Prometí olvidar y creí haberlo hecho. Desempolvé mi capa y salí a recorrer el mundo mostrando la sonrisa más escandalosa cual señal de buenaventura. Estoy bien, ¿no me ves? ¿Ella? No sé… no sé nada de ella. Mentía. Sí sabía de ella. Vivía en mis miedos, en mis deseos, y lo peor de todo: en el inminente futuro. Ese futuro al cual deseaba nunca enfrentar. Pero el destino se rasca la ingle todos los días mientras juega con mi suerte y el día menos deseado, llegó. Y yo: desarmado.
Sábado. Centro de Lima. 1:30 am. Junto a dos amigas, cerca de la pista de baile, se erigía el más doloroso de mis dolores. La visión de aquel espectro que hacía años residía en mi memoria me tomó de las gónadas, removió mi estómago, le metió un cachetadón a mi papada y me delató vulnerable frente a mi enemigo. Craso error en una batalla. Ella me miró, se acercó y sonrió. La muy bastarda. La miré (estaba deslumbrantemente hermosa) y en la punta de la lengua se congelaron los mil insultos que había planeado gritarle en el rostro. Mis ojos hervían y los absurdos segundos se hacían horas, finalmente, caí en la cuenta que el día que me tocó perder con ella se había iniciado una historia de derrotas. Todas por KO. Mi suerte estaba echada. No había un final feliz para esta historia. El más desleal de mis romances, el más angustiante de mis recuerdos amorosos estaba frente a mí con la sonrisa más relajada cual si nada hubiera pasado entre ella y yo. Colapsó mi cerebro. Un tipo de reconexión entre mi presente y mi pasado sucedió. Se cruzó mi vida delante de mis ojos y en muchos recuentos la encontré jugando a quererme, diciéndome que me idolatraba y en cada uno de esos absurdos recuerdos pude ver mi cara de felicidad. Qué Iluso.
Cogí mi dignidad, me la metí al culo. Apresé su pequeña mano, esa misma que usó para matarme, y salí con ella hacia el pasado. Mis discursos de hombre y decidido y mis consignas de jamás volver a ella se caían por mis ojos. Nada pude hacer. La gente me vio salir con ella del local. Movían sus cabezas desaprobatoriamente. Los jueces parecían querer deliberar…
¿Se viene otra derrota?
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