lunes, 2 de enero de 2012

El eterno domingo

El hombre es un ser arrojado al mundo nos decía Martín Heidegger y me divierte pensar que el existencialismo era y será una buena manera de entender este aciago mundo.

Comenzar el año con un texto donde brillen por su ausencia las palabras de bienvenida al nuevo año, donde escaseen los brindis, donde se sienta que voy contra la corriente (nunca tan bien utilizado el término ant ...es) y se perciba la desolación de lo festivo, no hace más que demostrar que la coyuntura no determina mi pulso. Unas cuantas cervezas y abrazos no borran un año.

Aguántate las ganas de criticar, sobrino. Borra ese comentario con sabor a palmadita en la espalda, chochera, que aquí nadie esta depre. Simplemente me dieron ganas de sentar posición, volver a defender posturas teóricas de antaño, asirme de algo de valor, buscar mi viejo disfraz del Grinch, ponérmelo y salir a pasear por calles y plazas, contándole al mundo que la vida, esta vida que nos tocó vivir, no es una fiesta de fin de año.

Cuando en alguna tertulia, defiendo la idea que uno decide vivir así como también puede decidir morir, nunca faltan los optimistas, los fundamentalistas de la vida, los apóstoles del masoquismo que me señalan con el dedo y claman por mi destierro, exigen que me retracte de lo dicho o arderá Troya. No me presto a la polémica. Cambio de tema. No de opinión.

Me gusta pensar en la idea de elegir tu partida. Siempre me gustó la libertad. Desde sus definiciones filosóficas y problemáticas, hasta su verdadera esencia llevada a la práctica, excesos y demás. Libertad para todo. Desde un inicio hasta un final. Hasta el final.

Quizá sencillamente es solo un juego de ideas. Una práctica ociosa de querer avizorar el fin sin sentir que lo tienes realmente cerca. Quizá sea una manera de perderle el miedo a la muerte e ir adaptándome a la idea de lo inevitable, como diría Jean-Paul Sartre.

Para mí hay un sabor dulce en pensar en escapar de algunas cosas. No me interesa jugar a ser héroe ni creo que lo sea. Me gusta pensar en descansar ya de tanta hipocresía, tantos seres humanos y sus modales que no comprendo. Se ponen amenas mis mañanas cuando imagino la ausencia de tanta bulla, de tanto disparate, de tanto dolor en los ojos ajenos. Me imagino un fin de año como un verdadero fin de todo: un último parpadeo. Un descanso final. Un día que comienza lento con una brisa que te acaricia el rostro mientras vuelves a quedarte dormido. Una siesta sin las amenazas de despertador. Un eterno domingo

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