lunes, 26 de noviembre de 2012

El hijo del rey

Volviste a la tierra, seguro de conocerla. La primera sorpresa te la brindó el sol: hervía. No recordabas haberlo dejado así en tu última visita. Un policía te pidió papeles. No tenerlos te costó. En las radios, todo te sonaba confuso; en los televisores, todo el mundo vendía cursos, caramelos y revistas en inglés. Te sentiste un extranjero. Cayó la noche. Sin hogar bajo los pies jugaste a confiar y perdiste. La noche no es el reino de tu padre. Soltando lágrimas, tentaste suerte en las iglesias. Había muchas. No hubo suerte. Tus profetas vendían cupos en los cielos, remataban paz por favores, pero no hospedaban necesitados. En mercados, librerías, comisarias y prostíbulos vendían tus fotos. Parecías el hombre más buscado. En tatuajes, estampitas, camisetas y grafitis creíste ver tu rostro. Ese no eras tú. Veías pasar la limosina de tus representantes en la tierra. Con el alma vestida de negro bendecían calles y plazas. Todo en tu nombre, y tú… lleno de preguntas. Te reconoció un grupo de vagabundos, recorrieron plazas, armaron una banda y sembraron rocanrol por el mundo. Una mañana, la prensa te cercó. La iglesia te juzgó. La policía te puso morada la piel y los jueces rifaron tu cuerpo. Sujetado de pies y manos, caíste en lo profundo del sueño y su eterna oscuridad. Soñando con paraísos de gloria y pasión veías tu alma disolverse. Regresabas a reunirte con tu padre. Prometiste no volver.

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