miércoles, 15 de agosto de 2012

Moraleja

Me levanté sobresaltado. Eran las 2:05 am. Salí a caminar por las calles de Lima. En medio de la basura, encontré llorando una serpiente de cascabel herida. Lloraba de miedo y de frío. La llevé a casa, la cobijé entre mis sabanas y le di calor con mis palabras. Así, entre abrazos, cesaron las lágrimas de ambos. Llegaba de trabajar cada día y compartíamos miradas, cuidados y tostadas con mermelada de mora. Jugábamos a escribir mil poemas de amor. Nos desvelábamos riéndonos de la vida. Cada día la veía más recuperada. En ocasiones, veía en sus ojos un dolor oculto en el silencio. La abrazaba. Dejé el trabajo y dediqué vida y tiempo completo a renovarle la salud y sembrarle sonrisas en el alma. Un día llegué a casa y la noté recuperada, sonreía y movía el cascabel eufórica. Me alegré. Me pidió un abrazo y corrí a ella. De pronto, confundido en mi alegría, sentí una mordida letal en el cuello. Me desvanecí indefenso mientras me estrangulaba hasta asfixiarme. Devoró mi cuerpo en cuestión de segundos. Cogió mis miradas, mis cuidados, mis tostadas, se fue de mi casa y volvió a la basura.

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